Una tarde tonta y caliente

Una tarde tonta y caliente

Un trayecto de diez minutos, un trozo de madera y una pequeña lección sobre esas protecciones que pensamos que no vamos a necesitar.

16 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 3 MIN DE LECTURA

Como decía aquella canción de Estopa: «Era una tarde tonta y caliente…»

Y así empezó todo.

Mi dueño se disponía a sacarme de mi encierro. No para una ruta larga, ni para un tramo off-road, ni para ninguna de esas ideas cuestionables que suele tener de vez en cuando.

No.

Esta vez mi misión era sencillísima: llevarlo del punto A al punto B.

Quitando los 35 grados que hacía a eso de las ocho de la tarde en nuestra provincia onubense, nada hacía presagiar lo que ocurriría apenas diez minutos después.

El ritual parecía correcto: guantes, casco, chaqueta de verano… Todo.

Bueno.

Todo no.

Faltaban las botas.

Y sí, quedaos con este pequeño detalle porque, como descubriríamos poco después, iba a tener cierta importancia.

Mi dueño puso sus posaderas sobre mi cómodo lomo y salimos del garaje. Incluso se escuchaba algo de música a través del intercomunicador.

Se le veía feliz al muchacho.

Un par de kilómetros, alguna rotonda, ciudad, coches… Lo habitual.

Llegamos a nuestro destino.

Hora de aparcar.

Pero no de aparcar como Dios manda, claro. Eso habría sido demasiado sencillo.

Resulta que algún trambucabarcos había dejado en mitad del aparcamiento una pequeña bolsa que escondía en su interior un magnífico trozo de madera colocado sobre unos soportes metálicos.

Mi dueño, que ya de por sí ve poco —por algo acabó comprándose las gafas—, decidió colocar mi rueda delantera y mis casi 270 kilos justo encima de aquello.

Yo no esperaba ese tacto bajo la rueda.

Él no esperaba mi reacción.

Así que decidí esquivarlo.

Él se asustó.

Yo me incliné.

Me incliné un poquito más.

Y otro poquito.

Hasta que llegamos a ese maravilloso punto en el que la gravedad decide que ya no hay negociación posible.

Los dos al suelo.

En principio no parecía haber pasado gran cosa. Una manita de unos compañeros y, pocos segundos después, yo estaba otra vez de pie.

Pero…

¿y él?

Cuando volví a mirarlo, aquello parecía un hombre a un balón de reglamento pegado.

O, mejor dicho, su pierna se había convertido en el balón de reglamento.

Había tenido mala suerte. Su tibia acabó golpeando contra mi estribera justo a una altura en la que unas botas altas probablemente habrían reducido bastante las consecuencias.

Las mismas botas que se habían quedado en casa.

¿Recordáis aquel pequeño detalle del principio?

Pues eso.

El resultado para mí fue también bastante dramático: semanas encerrada otra vez en el garaje.

Y claro, cuando una pasa tanto tiempo parada, a su pequeña cabeza electrónica le da por pensar.

Después de darle unas cuantas vueltas he llegado a una conclusión:

El riesgo no empieza cuando se acaba el asfalto.

Está en cualquier sitio.

En una pista complicada, sí.

Pero también en una rotonda, en un aparcamiento o en ese trayecto de diez minutos para el que pensamos que «no hace falta ponerse todo».

Así que, amigos, hacedme un favor.

Usad las protecciones adecuadas. También en los trayectos cortos.

Aunque solo sea por consideración hacia vuestras respectivas.

Porque os aseguro que pasarse semanas encerrada en un garaje por culpa de un trozo de madera es bastante aburrido.

— LaLoli